Los síntomas del arte ante la industria cultural

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El mundo de la música, en específico el mundo del rap estadounidense, se ha visto sacudido en los últimos meses por la onda expansiva que fue (o es) el pleito entre dos de sus principales expositores en tiempos modernos: Kendrick Lamar y Drake. Ambos increíblemente exitosos personajes de la escena, armados con líricas agresivas y rimas acusatorias, se vieron envueltos en uno de los “rap beefs” más importantes de las últimas décadas.

Sin embargo, más allá de ser sólo un momento en la cultura pop, el pleito entre ambos visibiliza la manera en que el arte, especialmente la poesía y la composición musical que tanto identifican al rap, han cambiado en los últimos años para acomodar a una cada vez más voraz industria cultural, así como los cambios en los roles de los artistas, el arte que crean y su relación con las tradiciones históricas propias de su cultura.

Si bien Kendrick y Drake despertaron un aspecto de la cultura del rap que llevaba años dormido y lo llevaron a un nivel millonario, los pleitos entre raperos tienen mucha más historia detrás. Busy Bee y Kool Moe Dee son ampliamente considerados como los protagonistas del primer pleito lírico que ganó popularidad en la escena en el año de 1981 en Nueva York.

Big Daddy Kane vs. MC Shan en 1986, Jay-Z vs. Nas y, quizá el más famoso y ampliamente publicitado conflicto con un violento fin, Tupac y Biggie en 1996, el rap beef o “combate lírico entre MCs es uno de los aspectos definitorios de la cultura del rap, como un testamento de su habilidad. (...) Ya sea en la música o en las redes sociales, el rap beef puede cambiar la percepción de un artista por su audiencia de la noche a la mañana.” (Grove, 2023)

En sus inicios, cuando el rap y la cultura del hip-hop mantenían más cercanas sus raíces tradicionales y comunitarias, la idea de percepción del público se relacionaba con la celebración de las rimas utilizadas y la habilidad que tenía un MC de “agredir” a su contrincante de la manera más creativa. En un sentimiento que se ha mantenido hasta hoy en día, se considera que un rapero gana el conflicto cuando sus letras “hieren” al oponente, no de manera directa, sino en un aspecto poético. Se trata de creatividad lírica que vuelve la canción un momento irrepetible. Un pedazo de arte que difícilmente puede ser replicado.

MC: “Master of Ceremonies” como título alternativo de un “rapero”.

Walter Benjamin describe este tipo de relaciones con el arte cuando habla del “aura”, estableciendo que “el aura de una obra humana consiste en el carácter irrepetible y perenne de su unicidad o singularidad, carácter que proviene del hecho de que lo valioso en ella reside (...) en que, en un momento único, aconteció una epifanía.” (Benjamin, 2003).

Se establece pues, que para que una obra de arte mantenga esta idea aurática sobre sí misma es necesario que esta no sea repetible. Este mismo sentimiento se carga y evoluciona a los suburbios de las metrópolis estadounidenses, con especial énfasis en Nueva York y Los Ángeles, al el mismo público establecer una regla constante y no modificable en el mundo del rap: las rimas tienen que ser únicas.

En la música es un poco complicado hablar de una verdadera originalidad, ya que toda canción está básicamente jugando con los mismos acordes de diferentes maneras, sin embargo, un aspecto que la cultura del rap sobrepone por sobre los beats musicales es la habilidad al momento de escribir. Es por esto que muchos elevan a un estatus icónico a raperos como Dr. Dre, Eminem, Jay-Z, Tupac y Nas y se relega a “más de lo mismo” a personajes como Tyga, French Montana y Joyner Lucas.

Fans del género han establecido una lista de puntos mínimos que un rapero tiene que cumplir para poder aspirar a un título más allá de alguien que ‘hace canciones’. Según la publicación en el foro en línea Quora, ‘¿Cómo diferenciar un gran rapero de un rapero mediocre?’ “Algunos criterios son la tecnicalidad [de sus letras], el uso de metáforas, juegos de palabras, rimas y estructuras. Su versatilidad, como el tipo de canciones que puedan hacer. El ser únicos y el experimentar.” (Singh, 2020)

Aunque las teorías de Benjamin estaban pensadas a una idea de reproducibilidad técnica mucho más aplicable a tipos de arte manuales, como lo podría ser la pintura, podemos ver en este mundo una evolución de esta teoría. Es el arte “aurático” aquello que es original, aquello que tiene hasta alma, al ser letras que resuenan con el escucha y crean una conexión humana que le da esta sensación de ser una “revelación sobrenatural” (Benjamin, 2003)

Por el contrario, son aquellas canciones o aquellos raps con “valor de exposición” los que dejan de ser una verdadera obra de arte y se vuelven canciones monótonas o canciones de máquina. “Es una obra que está hecha para ser reproducida, que sólo existe bajo el modo de la reproducción.” (Benjamin, 2003) Contrario a las ideas de comunidad que buscaba impulsar Benjamin al hablar de un desgaste del arte aurático, el arte de exposición en este caso se volvió una industria que toma elementos de una cultura y los mastica para crear canciones de la misma manera que se envasan latas de sopa.

La producción musical popular hoy en día pocas veces cuenta con una creación orgánica en donde el artista escribe, compone y presenta la canción, sino que se trata de una disquera que crea grandes equipos de producción en donde entran diferentes escritores fantasma y productores a crear una canción que pueda ser expuesta y consumida para crear una ganancia económica. Se vuelve pues, una industria que despoja al rap de su esencia aurática, de su originalidad, para ser un negocio más.

Este fue un cambio gradual que nació de la expansión musical que se vivió a partir de los años 70s. A la par que los artistas negros ganaban espacios en la industria musical, con canciones disco siendo increíblemente populares en la década, lo que resultó en ganancias millonarias para diferentes disqueras, era solo una cosa de tiempo que la industria musical se viera interesado por otro género aceptado y amado en su mayoría por las minorías de Estados Unidos.

La comunidad (principalmente negra) inició la cultura del hip-hop con base en una experiencia compartida entre todos. El rap fue una manera de protesta y una manera de expresión, un elemento de recreación y disfrute. “Aunque las diferencias estilísticas separaban a los artistas, el contenido autoritario de la música, la conciencia de la poesía, y el sentido de comunidad era sentido a través del movimiento.” (Bailey, 2018)

No obstante, a partir de los años 80s, y con el explosivo éxito de la canción “Rapper’s Delight” de The Sugarhill Clan, canción que llegó a al #36 en la lista de Billboard y llegando a disco de platino, se abrió una nueva mina de oro para ser explotada. Es a partir de aquí que se introduce una nueva rama del rap, que conoceremos a partir de entonces como “rap comercial”.

De las partes esenciales del rap eran las conversaciones que se tenían alrededor de la experiencia negra en Estados Unidos y sus comunidades, las cuales cambiaron una vez que se buscó explotar el género por todo lo que pudiera vender. Mucho tiene que ver la necesidad de la misma industria de hacer del rap un género digerible por los públicos blancos, los cuales obviamente no podrían empatizar o resonar con estas experiencias de racismo y precarización, optando más por letras simples las cuales se leían casi aspiracionistas.

Se trataba de hacer énfasis en las cosas materiales que se tenía o se quería tener, discurso que fue embelesado con rimas simples y beats pegajosos que fueron de fácil digestión para el público en general, no solo las comunidades negras. Se trató del tipo de consumo que Horkheimer y Adorno establecen cuando hablan de la industria cultural. “Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de la producción.” (Adorno, Horkheimer, 1994)

Durante el siglo pasado este ciclo de producción musical en el género rap se vio combatido por las fuertes raíces del género y la importancia que la comunidad que más lo consumía le daba al arte. Es por esto que, aunque durante los 80s y 90s e inicios del año 2000 se haya popularizado el género en lo mainstream, de las principales canciones que ganaron popularidad trataban (directamente o indirectamente) los mismos temas que protestaba el rap en sus inicios.

Es en estas décadas que entran a la escena personajes que siguen siendo relevantes hoy en día. Tupac y Biggie retrataron las realidades de crecer como un joven afroamericano en suburbios llenos de violencia y pobreza, Dr. Dre y Snoop Dogg tocaron temas de delincuencia organizada y precariedad. Algunos personajes incluso llegaron a tocar ambos espectros de la industria, como Eminem y 50Cent, quienes al mismo tiempo que alimentaban la industria cultural que pedía canciones de fácil digestión para las masas, especialmente para un público blanco, con temas “divertidos” y bailables, en el resto de sus álbumes dejaban ver la realidad violenta del país.

Puede ser que esta autenticidad se haya podido dar por la proximidad que el género tenía a sus raíces, sin embargo, puede ser también que esto haya sido posible por la manera menos agresiva en que la música era creada y comercializada en esos momentos. El tiempo de creación de una canción, ya sea popular o política, puede haber sido igualado, no obstante, ambas estaban sujetas a los procesos burocráticos y de producción que había detrás de la venta de discos (CDs).

Hoy en día, todo ha sido revolucionado por la introducción del streaming a nuestros productos culturales. Para empezar, no es necesario que un artista esté firmado a una discográfica para poder lanzar una canción o un álbum. Cualquier persona con un micrófono y (si acaso) un software de edición puede rapear sobre un beat y subir sus creaciones a Soundcloud o Spotify. Esto ha creado que el medio musical, y el medio del rap, se sobrepopule con MCs que tratan de emular las mismas fórmulas que les han funcionado a otros.

Adorno habla un poco de esto, aunque referido al cine, y cómo la repetición constante de la misma fórmula nos vuelve taciturnos ante lo que estamos escuchando “A partir de todas las demás películas, y los otros productos culturales que necesariamente debe conocer, los esfuerzos de atención requeridos han llegado a serle tan familiares [al consumidor] que ya se dan automáticamente.” (Adorno, Horkheimer, 1994).

En el mundo del rap esto significa que nos hemos acostumbrado a canciones de fácil consumo y líricas simples, sin un análisis o conversación más profunda, lo que nos lleva a aceptar y continuar escuchando y popularizando el mismo tipo de canción hecha para consumo, no como una forma de arte. Esto, llevado a un nivel mucho más grotesco a partir de los 2010s, en donde el streaming se ha vuelto la moneda de cambio de la industria musical. Las ventas físicas son buenas, claro, sin embargo, el valor de un rapero (y artista en general, independientemente del género) se mide en streams.

Es entonces valioso aquel rapero que puede genera la mayor cantidad de visitas, la mayor cantidad de clicks. En este aspecto, el contenido de las canciones y su propia esencia queda relegado a un segundo o tercer plano, favoreciendo entonces temas y ritmos que se ha comprobado han tenido éxito. Es por esto que en el género se vio una gran popularidad de una nueva “versión”, definido como “mumble rap” o “rap balbuceado”. Se trata de beats pegajosos en donde el enfoque deja de ser la letra, el mensaje o la comunidad, y se comienza a elevar más el estatus social y económico que les rodea.

Desde los 90s, el rap como género ha tocado temas de excesos. El tema de la moda, desde el estilo personal de cada rapero y las marcas que le acompañan (por ejemplo, Tupac y Biggie con Versace) hasta sus coches y las drogas que consumen, han sido elementos que aparecen en las canciones. Sin embargo, es a partir de la búsqueda de un aumento de streams que el enfoque de las letras es solo esto. Se trata de presumir (“flexing”) lo que se tiene, tratando todo como mercancía y basando su valor en eso, desde lo material hasta las mujeres que les acompañan.

Una vez que el rap se vió completamente involucrado en la industria musical, siendo de los géneros musicales más escuchados a nivel mundial del cual se generan ganancias multimillonarias anualmente, es que se comienza a perder esta aura original y artística y se da paso al consumo en bruto.

Adorno establece que la industria cultural busca hegemonizar las creaciones artísticas a la misma forma de producción, a un tipo de cultura unitaria, en donde vivamos en un mundo con un arte “falto de estilo”, es decir, genérico. (Adorno, Horkheimer, 1994). Aunque no por completo, el rap más conocido se volvió neutro, se volvió sencillo de tragar y cómodo. Un género musical que nació enraizado en la protesta evolucionó a exaltar el mismo sistema que creó la desigualdad que se denunciaba. “La industria cultural es el estilo más inflexible de todos, se revela como el objetivo precisamente del liberalismo.” (Adorno, Horkheimer, 1994).

Dicho esto, el pleito entre dos de los grandes expositores del rap moderno nos permiten ver esta evolución con un enfoque diferente. Si bien es cierto que la mayor parte del rap mainstream o popular ha sido adecuado a las necesidades de la industria cultural, sería irresponsable no hablar de aquellos raperos que han traído al género atisbos de originalidad que permiten que el rap siga creciendo y se mantenga como un género musical de lucha.

Kendrick Lamar y Drake reflejan el conflicto interno que tiene el género como tal, cada uno representando los dos aspectos más polarizantes entre los ávidos escuchas: la originalidad y autonomía como escritor vs. el poder económico. Para entender esta dicotomía es necesario entender quiénes son Kendrick Lamar y Drake y lo que cada uno representa en la cultura.

Howard Becker en Los mundos del arte establece una división entre diferentes tipos de artistas y su rol en la cultura. Él los clasifica como “rebeldes”, “integrados”, “folk” e “ingenuos”. Cada uno resulta importante de conocer, sin embargo, para este análisis estaremos considerando únicamente a los artistas rebeldes y a los artistas integrados.

Para Becker, los artistas integrados son aquellos que realizan un trabajo artístico “exactamente como dictan las convenciones vigentes de ese mundo. (...) Tienen la capacidad técnica, las habilidades sociales y el aparato conceptual necesario para la producción del arte. Dado que conocen las convenciones que rigen su mundo, se adaptan con facilidad a las actividades estándar.” (Becker, 2018). Con esto no se está diciendo que los artistas no tengan un verdadero talento, sin embargo, sí se denuncia el hecho de que tanto ellos como su arte se mantienen dentro de los límites posibles que el público y el Estado dan.

Un ejemplo de un artista integrado es Drake. Audrey Graham, rapero canadiense Increíblemente famoso y reconocido por su habilidad de crear canciones que están destinadas a ser hits. Por su utilización del R&B, autotune e influencias de la música pop en sus canciones, Drake se ha vuelto de los principales artistas del género moderno.

Drake se posiciona en el pedestal de los artistas con más ventas de discos en el mundo, llegando a los 170 millones. Ha tenido 47 nominaciones al Grammy, con tres premios ganados: Mejor Álbum de Rap en 2013, Mejor Performance y Mejor Canción de Rap en 2017 y 2018, (GRAMMYs, 2012) y es de los artistas que más se han visto beneficiados por la introducción del streaming, teniendo una certificación de la RIAA (Asociación de Discográficas) como artista con 142 millones de unidades digitales vendidas combinadas y con sencillos como Hotline Bling y God’s Plan siendo óctuple platino. (RIAA, 2018)

Independientemente de si se cree en las academias para celebrar y reconocer música (especialmente música no hecha por artistas blancos), lo que sí queda claro es que los premios con los que ha sido condecorado son indicadores del tipo de poder que tiene el arte de Drake: económico. Cada año se le puede encontrar en las listas de Spotify como el artista más escuchado y aunque sus canciones no tocan temas más allá de lo superficial y “emocional” (autodenominándose como un “Certified Lover Boy” o “chico amoroso”), Drake se ha posicionado como de los principales personajes de la escena del rap por su trayectoria musical y su impacto.

Antagónicamente, un artista “rebelde”, como lo podría definir Becker, es Kendrick Lamar. “Todo el mundo del arte organizado produce rebeldes, artistas que formaron parte del arte convencional de su época, pero que los encontraron demasiado limitadores. Proponen innovaciones que el mundo del arte se niega a aceptar dentro de los límites (...) En lugar de renunciar y volver a materias y estilos más aceptables, los rebeldes insisten en la innovación sin el apoyo personal del mundo del arte.” (Becker, 2018).

Kendrick Lamar Duckworth, rapero de California, es considerado como uno de los mejores raperos de la historia, según Billboard. Lamar es denominado como un “rapero con conciencia”, título que le acompañó a ganar un Pulitzer de Música en 2017 por su álbum Damn. Se trata de un escritor que va más allá de los temas superficiales (que sí ha tocado en sus canciones) y crea versos que critican el estatus quo, que denuncian la desigualdad, la violencia, el racismo y la discrminación sistémica de las personas afroamericanas en Estados Unidos.

Kendrick Lamar y su canción “Alright” fueron el himno que, en 2015, acompañó a las protestas de Black Lives Matter en su grito de justicia. Desde su álbum debut y hasta la fecha, Lamar se ha destacado por retomar aquello que el rap tenía en sus inicios: comunidad. Sus canciones relatan lo que es la cultura afroamericana, fusiona géneros musicales progresivos y no siempre es fácil de digerir o escuchar.

Ha ganado diecisiete premios Grammy, incluyendo Mejor Interpretación y Mejor Canción en 2015 y 2016 y siendo el ganador de todas las categorías de rap en el año 2018, entre ellos Mejor Interpretación, Mejor Álbum, Mejor Canción y Mejor Video Musical. (Grammys, 2014). Más allá de la academía de música, ha recibido honores cívicos gubernamentales, como el Premio Ícono Generacional de Compton y en 2016, el Alcalde de Compton le otorgó la llave de la ciudad.

Esto no quiere decir que Kendrick Lamar no tenga un poder económico considerable, al final del día ser de los principales raperos modernos significa también vender millones de dólares, sin embargo, resulta contrastante el tipo de música que ambos personajes han lanzado al mundo y lo que cada canción ha significado en su momento histórico.

Es por esto que, una vez que los conflictos que cada rapero tiene con el otro se vuelven públicos, con el lanzamiento de canciones que hablan de cada uno y el uso de redes sociales para involucrar al público en la narrativa, es que vemos que esta división va más allá incluso del tipo de arte que cada uno hace, sino que involucra también al tipo de público que favorece a uno o el otro.

El pleito cuenta con años de historia detrás que tomarían todo un ensayo para decodificar, desde menciones en canciones propias hasta rimas en colaboración con otros artistas, sin embargo, los principales puntos que lo han destacado son: Drake como rapero no estadounidense, mitad blanco y con canciones “superficiales” atacando a Kendrick y a su “necesidad” de volver a todo político, sus relaciones personales y supuestas conductas violentas.

Por su parte, Kendrick retoma el arte y la esencia del rap como su mayor insulto, atacando las alegaciones de que Drake utiliza escritores fantasmas en sus canciones (recordemos que el ser auténtico con tus raps es increíblemente importante para ser considerado un rapero respetable), su originalidad, su influencia más allá de ser un artista que hace música para bailar (y nada más) y su utilización de la inteligencia artificial, reviviendo a raperos icónicos como Tupac, para crear controversia y, por ende, ganancias monetarias. (Además de exponer sus relaciones con las mujeres y, en especial, menores de edad)

Es entonces que se abre la pregunta a un fan del rap: ¿de qué lado estás? ¿Qué es lo que valoras? Las dinámicas de fans y artistas resultan a veces muy profundas, sin embargo, podemos argumentar que estas funcionan muy similares a los campos sociales de los que habla Pierre Bourdieu cuando habla de las formas de producción y consumo del arte. Estos campos sociales crean una especie de burbuja bajo la cual un grupo de personas con intereses o características similares se comportan, crean un habitus.

Bourdieu define el habitus desde la pedagogía, como un comportamiento que se aprende a través de la “repetición” (pensado desde lo académico) “que tiene una duración suficiente como para producir un habitus capaz de perpetuarse y, de ese modo, reproducir las condiciones objetivas reproduciendo las relaciones de dominación-dependencia entre clases.” (Bourdieu, 2010)

Para los fans de Drake, este habitus que se construye a partir de sus canciones se trata de la repetición de comportamientos que enaltecen su lado emocional, en donde es el mundo contra tí, se trata de envisionar una vida de lujos y excesos, se trata de pensar en tí primero y luego en los demás. Es una idea bastante capitalista que se vende como algo que, con el suficiente trabajo, se puede alcanzar.

Por otra parte, las personas que favorecen a Kendrick lo hacen, más allá de porque sus canciones son populares, porque sus letras resuenan con la experiencia de muchos afroamericanos alrededor del mundo. Se crea un habitus en personas que prefieren un arte más original y con un significado más allá que solo una canción pegajosa. Se crea incluso una suerte de escalón de superioridad sobre los fans de Drake, algo así como ‘yo estoy aquí arriba con el arte verdadero y tú no’.

Al final, más allá de un pleito que pasará a la historia como un momento más de la cultura pop, es interesante analizar la manera en que el arte ha evolucionado con los años, siguiendo patrones similares a los que fueron discutidos décadas atrás, adaptándose al paso de los años. El rap ha evolucionado de la misma manera, desde sus inicios como un género musical antisistema hasta su asimilación a una industria musical que da preferencia a las ventas que al arte.

Matthew Oware describe esta complicada relación entre el rapero y la comunidad cuando habla del poder que tienen las rimas de crear o destruir. “Los raperos tienen poder y determinan la cantidad de mensajes liberadores o regresivos en sus canciones-- más allá del poder de los ejecutivos.” (Oware, 2018, como se citó en Republics, 2021)

Aunque las teorías, especialmente las relacionadas con la industria cultural, hacen del considerar la música como un escenario pesimista, la manera en que el mismo arte pelea dentro de sí, entre los manejos capitalistas y la esencia humana que le acompaña, nos permite mirar de una manera crítica la música (y el arte en general) que consumimos. No se trata de sentir una superioridad por escuchar X o Y, sino de pelear porque el arte no pierda aquello que lo hace necesario: lo humano.


Bibliografía:


  • Adorno, T y Horkheimer, M. (1994). Dialéctica de la Ilustración. Madrid. Editorial Trotta.

  • Bourdieu, P. (2010). El sentido social del gusto: elementos para una sociología de la cultura. Buenos Aires. Siglo Veintiuno Editores.

  • Becker, H. (2008). Los mundos del arte: sociología del trabajo artístico. Bernal. Universidad Nacional de Quilmes.

  • Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. México. Editorial Itaca.

  • Tharpe, F., & Caro, M. (2024). El ‘beef’ entre Kendrick Lamar y Drake, explicado. GQ España. https://www.revistagq.com/articulo/kendrick-lamar-drake-beef-explicado

  • Nasheed, T. (2024). A brief history of the rap beef — from Kool Moe Dee to Kendrick Lamar. Brooklyn Magazine. https://www.bkmag.com/2024/05/13/a-brief-history-of-the-rap-beef-from-kool-moe-dee-to-kendrick-lamar/

  • Grove, R. (2023). Rap & Beefs: How they’ve shaped Hip-Hop narratives. BET. https://www.bet.com/article/y64pky/rap-beefs-how-theyve-shaped-hip-hop-narratives

  • Republics, B. (2022). Horkheimer and Adorno Today: - Banana Republics - Medium. Medium:https://bananarepublics.medium.com/horkheimer-and-adorno-today-6b3598290e51

  • Singh, J. (2020) How do you differentiate between a great rapper and a mediocre rapper? [Foro]. Mensaje publicado en Quora: https://www.quora.com/How-do-you-differentiate-between-a-great-rapper-and-a-mediocre-rapper

  • Bailey, J. (2014). Conscious Hip-Hop versus the Culture Industry. In: Philosophy and Hip-Hop. Palgrave Macmillan, New York. https://doi.org/10.1057/9781137429940_4

  • Regueiro, A. C. (2022). ¿Por qué el rapero Kendrick Lamar ha ganado el premio Pulitzer? Cadena SER. https://cadenaser.com/programa/2018/04/17/sofa_sonoro/1523951339_727162.html

  • Kendrick Lamar | Artist | GRAMMY.com. (s. f.). https://www.grammy.com/artists/kendrick-lamar/17949

  • Drake | Artist | GRAMMY.com. (s. f.). https://www.grammy.com/artists/drake/12370

El mundo de la música, en específico el mundo del rap estadounidense, se ha visto sacudido en los últimos meses por la onda expansiva que fue (o es) el pleito entre dos de sus principales expositores en tiempos modernos: Kendrick Lamar y Drake. Ambos increíblemente exitosos personajes de la escena, armados con líricas agresivas y rimas acusatorias, se vieron envueltos en uno de los “rap beefs” más importantes de las últimas décadas.

Sin embargo, más allá de ser sólo un momento en la cultura pop, el pleito entre ambos visibiliza la manera en que el arte, especialmente la poesía y la composición musical que tanto identifican al rap, han cambiado en los últimos años para acomodar a una cada vez más voraz industria cultural, así como los cambios en los roles de los artistas, el arte que crean y su relación con las tradiciones históricas propias de su cultura.

Si bien Kendrick y Drake despertaron un aspecto de la cultura del rap que llevaba años dormido y lo llevaron a un nivel millonario, los pleitos entre raperos tienen mucha más historia detrás. Busy Bee y Kool Moe Dee son ampliamente considerados como los protagonistas del primer pleito lírico que ganó popularidad en la escena en el año de 1981 en Nueva York.

Big Daddy Kane vs. MC Shan en 1986, Jay-Z vs. Nas y, quizá el más famoso y ampliamente publicitado conflicto con un violento fin, Tupac y Biggie en 1996, el rap beef o “combate lírico entre MCs es uno de los aspectos definitorios de la cultura del rap, como un testamento de su habilidad. (...) Ya sea en la música o en las redes sociales, el rap beef puede cambiar la percepción de un artista por su audiencia de la noche a la mañana.” (Grove, 2023)

En sus inicios, cuando el rap y la cultura del hip-hop mantenían más cercanas sus raíces tradicionales y comunitarias, la idea de percepción del público se relacionaba con la celebración de las rimas utilizadas y la habilidad que tenía un MC de “agredir” a su contrincante de la manera más creativa. En un sentimiento que se ha mantenido hasta hoy en día, se considera que un rapero gana el conflicto cuando sus letras “hieren” al oponente, no de manera directa, sino en un aspecto poético. Se trata de creatividad lírica que vuelve la canción un momento irrepetible. Un pedazo de arte que difícilmente puede ser replicado.

MC: “Master of Ceremonies” como título alternativo de un “rapero”.

Walter Benjamin describe este tipo de relaciones con el arte cuando habla del “aura”, estableciendo que “el aura de una obra humana consiste en el carácter irrepetible y perenne de su unicidad o singularidad, carácter que proviene del hecho de que lo valioso en ella reside (...) en que, en un momento único, aconteció una epifanía.” (Benjamin, 2003).

Se establece pues, que para que una obra de arte mantenga esta idea aurática sobre sí misma es necesario que esta no sea repetible. Este mismo sentimiento se carga y evoluciona a los suburbios de las metrópolis estadounidenses, con especial énfasis en Nueva York y Los Ángeles, al el mismo público establecer una regla constante y no modificable en el mundo del rap: las rimas tienen que ser únicas.

En la música es un poco complicado hablar de una verdadera originalidad, ya que toda canción está básicamente jugando con los mismos acordes de diferentes maneras, sin embargo, un aspecto que la cultura del rap sobrepone por sobre los beats musicales es la habilidad al momento de escribir. Es por esto que muchos elevan a un estatus icónico a raperos como Dr. Dre, Eminem, Jay-Z, Tupac y Nas y se relega a “más de lo mismo” a personajes como Tyga, French Montana y Joyner Lucas.

Fans del género han establecido una lista de puntos mínimos que un rapero tiene que cumplir para poder aspirar a un título más allá de alguien que ‘hace canciones’. Según la publicación en el foro en línea Quora, ‘¿Cómo diferenciar un gran rapero de un rapero mediocre?’ “Algunos criterios son la tecnicalidad [de sus letras], el uso de metáforas, juegos de palabras, rimas y estructuras. Su versatilidad, como el tipo de canciones que puedan hacer. El ser únicos y el experimentar.” (Singh, 2020)

Aunque las teorías de Benjamin estaban pensadas a una idea de reproducibilidad técnica mucho más aplicable a tipos de arte manuales, como lo podría ser la pintura, podemos ver en este mundo una evolución de esta teoría. Es el arte “aurático” aquello que es original, aquello que tiene hasta alma, al ser letras que resuenan con el escucha y crean una conexión humana que le da esta sensación de ser una “revelación sobrenatural” (Benjamin, 2003)

Por el contrario, son aquellas canciones o aquellos raps con “valor de exposición” los que dejan de ser una verdadera obra de arte y se vuelven canciones monótonas o canciones de máquina. “Es una obra que está hecha para ser reproducida, que sólo existe bajo el modo de la reproducción.” (Benjamin, 2003) Contrario a las ideas de comunidad que buscaba impulsar Benjamin al hablar de un desgaste del arte aurático, el arte de exposición en este caso se volvió una industria que toma elementos de una cultura y los mastica para crear canciones de la misma manera que se envasan latas de sopa.

La producción musical popular hoy en día pocas veces cuenta con una creación orgánica en donde el artista escribe, compone y presenta la canción, sino que se trata de una disquera que crea grandes equipos de producción en donde entran diferentes escritores fantasma y productores a crear una canción que pueda ser expuesta y consumida para crear una ganancia económica. Se vuelve pues, una industria que despoja al rap de su esencia aurática, de su originalidad, para ser un negocio más.

Este fue un cambio gradual que nació de la expansión musical que se vivió a partir de los años 70s. A la par que los artistas negros ganaban espacios en la industria musical, con canciones disco siendo increíblemente populares en la década, lo que resultó en ganancias millonarias para diferentes disqueras, era solo una cosa de tiempo que la industria musical se viera interesado por otro género aceptado y amado en su mayoría por las minorías de Estados Unidos.

La comunidad (principalmente negra) inició la cultura del hip-hop con base en una experiencia compartida entre todos. El rap fue una manera de protesta y una manera de expresión, un elemento de recreación y disfrute. “Aunque las diferencias estilísticas separaban a los artistas, el contenido autoritario de la música, la conciencia de la poesía, y el sentido de comunidad era sentido a través del movimiento.” (Bailey, 2018)

No obstante, a partir de los años 80s, y con el explosivo éxito de la canción “Rapper’s Delight” de The Sugarhill Clan, canción que llegó a al #36 en la lista de Billboard y llegando a disco de platino, se abrió una nueva mina de oro para ser explotada. Es a partir de aquí que se introduce una nueva rama del rap, que conoceremos a partir de entonces como “rap comercial”.

De las partes esenciales del rap eran las conversaciones que se tenían alrededor de la experiencia negra en Estados Unidos y sus comunidades, las cuales cambiaron una vez que se buscó explotar el género por todo lo que pudiera vender. Mucho tiene que ver la necesidad de la misma industria de hacer del rap un género digerible por los públicos blancos, los cuales obviamente no podrían empatizar o resonar con estas experiencias de racismo y precarización, optando más por letras simples las cuales se leían casi aspiracionistas.

Se trataba de hacer énfasis en las cosas materiales que se tenía o se quería tener, discurso que fue embelesado con rimas simples y beats pegajosos que fueron de fácil digestión para el público en general, no solo las comunidades negras. Se trató del tipo de consumo que Horkheimer y Adorno establecen cuando hablan de la industria cultural. “Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de la producción.” (Adorno, Horkheimer, 1994)

Durante el siglo pasado este ciclo de producción musical en el género rap se vio combatido por las fuertes raíces del género y la importancia que la comunidad que más lo consumía le daba al arte. Es por esto que, aunque durante los 80s y 90s e inicios del año 2000 se haya popularizado el género en lo mainstream, de las principales canciones que ganaron popularidad trataban (directamente o indirectamente) los mismos temas que protestaba el rap en sus inicios.

Es en estas décadas que entran a la escena personajes que siguen siendo relevantes hoy en día. Tupac y Biggie retrataron las realidades de crecer como un joven afroamericano en suburbios llenos de violencia y pobreza, Dr. Dre y Snoop Dogg tocaron temas de delincuencia organizada y precariedad. Algunos personajes incluso llegaron a tocar ambos espectros de la industria, como Eminem y 50Cent, quienes al mismo tiempo que alimentaban la industria cultural que pedía canciones de fácil digestión para las masas, especialmente para un público blanco, con temas “divertidos” y bailables, en el resto de sus álbumes dejaban ver la realidad violenta del país.

Puede ser que esta autenticidad se haya podido dar por la proximidad que el género tenía a sus raíces, sin embargo, puede ser también que esto haya sido posible por la manera menos agresiva en que la música era creada y comercializada en esos momentos. El tiempo de creación de una canción, ya sea popular o política, puede haber sido igualado, no obstante, ambas estaban sujetas a los procesos burocráticos y de producción que había detrás de la venta de discos (CDs).

Hoy en día, todo ha sido revolucionado por la introducción del streaming a nuestros productos culturales. Para empezar, no es necesario que un artista esté firmado a una discográfica para poder lanzar una canción o un álbum. Cualquier persona con un micrófono y (si acaso) un software de edición puede rapear sobre un beat y subir sus creaciones a Soundcloud o Spotify. Esto ha creado que el medio musical, y el medio del rap, se sobrepopule con MCs que tratan de emular las mismas fórmulas que les han funcionado a otros.

Adorno habla un poco de esto, aunque referido al cine, y cómo la repetición constante de la misma fórmula nos vuelve taciturnos ante lo que estamos escuchando “A partir de todas las demás películas, y los otros productos culturales que necesariamente debe conocer, los esfuerzos de atención requeridos han llegado a serle tan familiares [al consumidor] que ya se dan automáticamente.” (Adorno, Horkheimer, 1994).

En el mundo del rap esto significa que nos hemos acostumbrado a canciones de fácil consumo y líricas simples, sin un análisis o conversación más profunda, lo que nos lleva a aceptar y continuar escuchando y popularizando el mismo tipo de canción hecha para consumo, no como una forma de arte. Esto, llevado a un nivel mucho más grotesco a partir de los 2010s, en donde el streaming se ha vuelto la moneda de cambio de la industria musical. Las ventas físicas son buenas, claro, sin embargo, el valor de un rapero (y artista en general, independientemente del género) se mide en streams.

Es entonces valioso aquel rapero que puede genera la mayor cantidad de visitas, la mayor cantidad de clicks. En este aspecto, el contenido de las canciones y su propia esencia queda relegado a un segundo o tercer plano, favoreciendo entonces temas y ritmos que se ha comprobado han tenido éxito. Es por esto que en el género se vio una gran popularidad de una nueva “versión”, definido como “mumble rap” o “rap balbuceado”. Se trata de beats pegajosos en donde el enfoque deja de ser la letra, el mensaje o la comunidad, y se comienza a elevar más el estatus social y económico que les rodea.

Desde los 90s, el rap como género ha tocado temas de excesos. El tema de la moda, desde el estilo personal de cada rapero y las marcas que le acompañan (por ejemplo, Tupac y Biggie con Versace) hasta sus coches y las drogas que consumen, han sido elementos que aparecen en las canciones. Sin embargo, es a partir de la búsqueda de un aumento de streams que el enfoque de las letras es solo esto. Se trata de presumir (“flexing”) lo que se tiene, tratando todo como mercancía y basando su valor en eso, desde lo material hasta las mujeres que les acompañan.

Una vez que el rap se vió completamente involucrado en la industria musical, siendo de los géneros musicales más escuchados a nivel mundial del cual se generan ganancias multimillonarias anualmente, es que se comienza a perder esta aura original y artística y se da paso al consumo en bruto.

Adorno establece que la industria cultural busca hegemonizar las creaciones artísticas a la misma forma de producción, a un tipo de cultura unitaria, en donde vivamos en un mundo con un arte “falto de estilo”, es decir, genérico. (Adorno, Horkheimer, 1994). Aunque no por completo, el rap más conocido se volvió neutro, se volvió sencillo de tragar y cómodo. Un género musical que nació enraizado en la protesta evolucionó a exaltar el mismo sistema que creó la desigualdad que se denunciaba. “La industria cultural es el estilo más inflexible de todos, se revela como el objetivo precisamente del liberalismo.” (Adorno, Horkheimer, 1994).

Dicho esto, el pleito entre dos de los grandes expositores del rap moderno nos permiten ver esta evolución con un enfoque diferente. Si bien es cierto que la mayor parte del rap mainstream o popular ha sido adecuado a las necesidades de la industria cultural, sería irresponsable no hablar de aquellos raperos que han traído al género atisbos de originalidad que permiten que el rap siga creciendo y se mantenga como un género musical de lucha.

Kendrick Lamar y Drake reflejan el conflicto interno que tiene el género como tal, cada uno representando los dos aspectos más polarizantes entre los ávidos escuchas: la originalidad y autonomía como escritor vs. el poder económico. Para entender esta dicotomía es necesario entender quiénes son Kendrick Lamar y Drake y lo que cada uno representa en la cultura.

Howard Becker en Los mundos del arte establece una división entre diferentes tipos de artistas y su rol en la cultura. Él los clasifica como “rebeldes”, “integrados”, “folk” e “ingenuos”. Cada uno resulta importante de conocer, sin embargo, para este análisis estaremos considerando únicamente a los artistas rebeldes y a los artistas integrados.

Para Becker, los artistas integrados son aquellos que realizan un trabajo artístico “exactamente como dictan las convenciones vigentes de ese mundo. (...) Tienen la capacidad técnica, las habilidades sociales y el aparato conceptual necesario para la producción del arte. Dado que conocen las convenciones que rigen su mundo, se adaptan con facilidad a las actividades estándar.” (Becker, 2018). Con esto no se está diciendo que los artistas no tengan un verdadero talento, sin embargo, sí se denuncia el hecho de que tanto ellos como su arte se mantienen dentro de los límites posibles que el público y el Estado dan.

Un ejemplo de un artista integrado es Drake. Audrey Graham, rapero canadiense Increíblemente famoso y reconocido por su habilidad de crear canciones que están destinadas a ser hits. Por su utilización del R&B, autotune e influencias de la música pop en sus canciones, Drake se ha vuelto de los principales artistas del género moderno.

Drake se posiciona en el pedestal de los artistas con más ventas de discos en el mundo, llegando a los 170 millones. Ha tenido 47 nominaciones al Grammy, con tres premios ganados: Mejor Álbum de Rap en 2013, Mejor Performance y Mejor Canción de Rap en 2017 y 2018, (GRAMMYs, 2012) y es de los artistas que más se han visto beneficiados por la introducción del streaming, teniendo una certificación de la RIAA (Asociación de Discográficas) como artista con 142 millones de unidades digitales vendidas combinadas y con sencillos como Hotline Bling y God’s Plan siendo óctuple platino. (RIAA, 2018)

Independientemente de si se cree en las academias para celebrar y reconocer música (especialmente música no hecha por artistas blancos), lo que sí queda claro es que los premios con los que ha sido condecorado son indicadores del tipo de poder que tiene el arte de Drake: económico. Cada año se le puede encontrar en las listas de Spotify como el artista más escuchado y aunque sus canciones no tocan temas más allá de lo superficial y “emocional” (autodenominándose como un “Certified Lover Boy” o “chico amoroso”), Drake se ha posicionado como de los principales personajes de la escena del rap por su trayectoria musical y su impacto.

Antagónicamente, un artista “rebelde”, como lo podría definir Becker, es Kendrick Lamar. “Todo el mundo del arte organizado produce rebeldes, artistas que formaron parte del arte convencional de su época, pero que los encontraron demasiado limitadores. Proponen innovaciones que el mundo del arte se niega a aceptar dentro de los límites (...) En lugar de renunciar y volver a materias y estilos más aceptables, los rebeldes insisten en la innovación sin el apoyo personal del mundo del arte.” (Becker, 2018).

Kendrick Lamar Duckworth, rapero de California, es considerado como uno de los mejores raperos de la historia, según Billboard. Lamar es denominado como un “rapero con conciencia”, título que le acompañó a ganar un Pulitzer de Música en 2017 por su álbum Damn. Se trata de un escritor que va más allá de los temas superficiales (que sí ha tocado en sus canciones) y crea versos que critican el estatus quo, que denuncian la desigualdad, la violencia, el racismo y la discrminación sistémica de las personas afroamericanas en Estados Unidos.

Kendrick Lamar y su canción “Alright” fueron el himno que, en 2015, acompañó a las protestas de Black Lives Matter en su grito de justicia. Desde su álbum debut y hasta la fecha, Lamar se ha destacado por retomar aquello que el rap tenía en sus inicios: comunidad. Sus canciones relatan lo que es la cultura afroamericana, fusiona géneros musicales progresivos y no siempre es fácil de digerir o escuchar.

Ha ganado diecisiete premios Grammy, incluyendo Mejor Interpretación y Mejor Canción en 2015 y 2016 y siendo el ganador de todas las categorías de rap en el año 2018, entre ellos Mejor Interpretación, Mejor Álbum, Mejor Canción y Mejor Video Musical. (Grammys, 2014). Más allá de la academía de música, ha recibido honores cívicos gubernamentales, como el Premio Ícono Generacional de Compton y en 2016, el Alcalde de Compton le otorgó la llave de la ciudad.

Esto no quiere decir que Kendrick Lamar no tenga un poder económico considerable, al final del día ser de los principales raperos modernos significa también vender millones de dólares, sin embargo, resulta contrastante el tipo de música que ambos personajes han lanzado al mundo y lo que cada canción ha significado en su momento histórico.

Es por esto que, una vez que los conflictos que cada rapero tiene con el otro se vuelven públicos, con el lanzamiento de canciones que hablan de cada uno y el uso de redes sociales para involucrar al público en la narrativa, es que vemos que esta división va más allá incluso del tipo de arte que cada uno hace, sino que involucra también al tipo de público que favorece a uno o el otro.

El pleito cuenta con años de historia detrás que tomarían todo un ensayo para decodificar, desde menciones en canciones propias hasta rimas en colaboración con otros artistas, sin embargo, los principales puntos que lo han destacado son: Drake como rapero no estadounidense, mitad blanco y con canciones “superficiales” atacando a Kendrick y a su “necesidad” de volver a todo político, sus relaciones personales y supuestas conductas violentas.

Por su parte, Kendrick retoma el arte y la esencia del rap como su mayor insulto, atacando las alegaciones de que Drake utiliza escritores fantasmas en sus canciones (recordemos que el ser auténtico con tus raps es increíblemente importante para ser considerado un rapero respetable), su originalidad, su influencia más allá de ser un artista que hace música para bailar (y nada más) y su utilización de la inteligencia artificial, reviviendo a raperos icónicos como Tupac, para crear controversia y, por ende, ganancias monetarias. (Además de exponer sus relaciones con las mujeres y, en especial, menores de edad)

Es entonces que se abre la pregunta a un fan del rap: ¿de qué lado estás? ¿Qué es lo que valoras? Las dinámicas de fans y artistas resultan a veces muy profundas, sin embargo, podemos argumentar que estas funcionan muy similares a los campos sociales de los que habla Pierre Bourdieu cuando habla de las formas de producción y consumo del arte. Estos campos sociales crean una especie de burbuja bajo la cual un grupo de personas con intereses o características similares se comportan, crean un habitus.

Bourdieu define el habitus desde la pedagogía, como un comportamiento que se aprende a través de la “repetición” (pensado desde lo académico) “que tiene una duración suficiente como para producir un habitus capaz de perpetuarse y, de ese modo, reproducir las condiciones objetivas reproduciendo las relaciones de dominación-dependencia entre clases.” (Bourdieu, 2010)

Para los fans de Drake, este habitus que se construye a partir de sus canciones se trata de la repetición de comportamientos que enaltecen su lado emocional, en donde es el mundo contra tí, se trata de envisionar una vida de lujos y excesos, se trata de pensar en tí primero y luego en los demás. Es una idea bastante capitalista que se vende como algo que, con el suficiente trabajo, se puede alcanzar.

Por otra parte, las personas que favorecen a Kendrick lo hacen, más allá de porque sus canciones son populares, porque sus letras resuenan con la experiencia de muchos afroamericanos alrededor del mundo. Se crea un habitus en personas que prefieren un arte más original y con un significado más allá que solo una canción pegajosa. Se crea incluso una suerte de escalón de superioridad sobre los fans de Drake, algo así como ‘yo estoy aquí arriba con el arte verdadero y tú no’.

Al final, más allá de un pleito que pasará a la historia como un momento más de la cultura pop, es interesante analizar la manera en que el arte ha evolucionado con los años, siguiendo patrones similares a los que fueron discutidos décadas atrás, adaptándose al paso de los años. El rap ha evolucionado de la misma manera, desde sus inicios como un género musical antisistema hasta su asimilación a una industria musical que da preferencia a las ventas que al arte.

Matthew Oware describe esta complicada relación entre el rapero y la comunidad cuando habla del poder que tienen las rimas de crear o destruir. “Los raperos tienen poder y determinan la cantidad de mensajes liberadores o regresivos en sus canciones-- más allá del poder de los ejecutivos.” (Oware, 2018, como se citó en Republics, 2021)

Aunque las teorías, especialmente las relacionadas con la industria cultural, hacen del considerar la música como un escenario pesimista, la manera en que el mismo arte pelea dentro de sí, entre los manejos capitalistas y la esencia humana que le acompaña, nos permite mirar de una manera crítica la música (y el arte en general) que consumimos. No se trata de sentir una superioridad por escuchar X o Y, sino de pelear porque el arte no pierda aquello que lo hace necesario: lo humano.


Bibliografía:


  • Adorno, T y Horkheimer, M. (1994). Dialéctica de la Ilustración. Madrid. Editorial Trotta.

  • Bourdieu, P. (2010). El sentido social del gusto: elementos para una sociología de la cultura. Buenos Aires. Siglo Veintiuno Editores.

  • Becker, H. (2008). Los mundos del arte: sociología del trabajo artístico. Bernal. Universidad Nacional de Quilmes.

  • Benjamin, W. (2003). La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. México. Editorial Itaca.

  • Tharpe, F., & Caro, M. (2024). El ‘beef’ entre Kendrick Lamar y Drake, explicado. GQ España. https://www.revistagq.com/articulo/kendrick-lamar-drake-beef-explicado

  • Nasheed, T. (2024). A brief history of the rap beef — from Kool Moe Dee to Kendrick Lamar. Brooklyn Magazine. https://www.bkmag.com/2024/05/13/a-brief-history-of-the-rap-beef-from-kool-moe-dee-to-kendrick-lamar/

  • Grove, R. (2023). Rap & Beefs: How they’ve shaped Hip-Hop narratives. BET. https://www.bet.com/article/y64pky/rap-beefs-how-theyve-shaped-hip-hop-narratives

  • Republics, B. (2022). Horkheimer and Adorno Today: - Banana Republics - Medium. Medium:https://bananarepublics.medium.com/horkheimer-and-adorno-today-6b3598290e51

  • Singh, J. (2020) How do you differentiate between a great rapper and a mediocre rapper? [Foro]. Mensaje publicado en Quora: https://www.quora.com/How-do-you-differentiate-between-a-great-rapper-and-a-mediocre-rapper

  • Bailey, J. (2014). Conscious Hip-Hop versus the Culture Industry. In: Philosophy and Hip-Hop. Palgrave Macmillan, New York. https://doi.org/10.1057/9781137429940_4

  • Regueiro, A. C. (2022). ¿Por qué el rapero Kendrick Lamar ha ganado el premio Pulitzer? Cadena SER. https://cadenaser.com/programa/2018/04/17/sofa_sonoro/1523951339_727162.html

  • Kendrick Lamar | Artist | GRAMMY.com. (s. f.). https://www.grammy.com/artists/kendrick-lamar/17949

  • Drake | Artist | GRAMMY.com. (s. f.). https://www.grammy.com/artists/drake/12370

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